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EL ALPARGATE DE LOS TEJARES CONSERVA MÁS DE 100 AÑOS DE MEMORIA IBARREÑA

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En una ciudad que ha cambiado sus paisajes, ritmos y costumbres, pocos nombres han logrado permanecer en la memoria colectiva como El Alpargate. Su historia tienes más de un siglo de tradición. Al menos tres generaciones de ibarreños crecieron escuchando hablar de ese restaurante ligado a la comida típica y a las celebraciones de barrio.

El actual rostro de esa tradición es Wilson López, propietario de El Alpargate de los Tejares y parte de la tercera generación de una familia que hizo de la gastronomía popular un punto de encuentro. Su origen se remonta al antiguo local ubicado en la Cruz Verde y José Domingo Albuja, una zona que, décadas atrás, marcaba prácticamente el límite urbano de Ibarra.

Desde ese primer espacio, el nombre comenzó a asociarse con la comida abundante, la música de domingo y las reuniones familiares. Wilson recuerda que el restaurante de sus padres no solo era un sitio para comer, sino también un lugar de celebración. “En el Alpargate se hacían las quermeses bailables; iban orquestas como Nico y sus Estrellas y Los Halcones”, cuenta, al describir el ambiente que acompañó los primeros años del restaurante.

DE LA CRUZ VERDE AL TEJAR

Hace 28 años, Wilson decidió abrir su propio camino con el nombre de El Alpargate de los Tejares. La decisión no fue únicamente comercial. El nuevo local tomó esa denominación porque se instaló en el ingreso al sector de El Tejar, sur de Ibarra, cuando la ciudad todavía no tenía la conexión vial que existe hoy.

La ubicación, que al inicio parecía distante, terminó convirtiéndose en parte de la identidad del negocio. Wilson relata que, cuando se trasladó, algunos conocidos pensaban que se había alejado demasiado del centro. Sin embargo, los clientes lo siguieron. Esa fidelidad permitió sostener el emprendimiento y consolidar un restaurante que hoy está a pocos minutos de la ciudadela Los Ceibos.

Su nombre tiene una raíz antigua, sostenida por la oralidad ibarreña. Según la historia transmitida por sus padres y abuelos, dos indígenas que se dirigían hacia el antiguo camal habrían sido perseguidos por la llamada Caja Ronca, una especie de procesión fantasmal que aparecía de noche, acompañada por un sonido fuerte y lúgubre, parecido al golpe de un tambor o caja. Por el susto, según el relato, uno de los indígenas dejó marcada en una piedra la huella de una alpargata. Desde entonces, el sector empezó a ser reconocido con ese nombre.

EL PLATO QUE HEREDÓ LA FAMILIA

La permanencia de El Alpargate de los Tejares se sostiene, sobre todo, en su plato típico. La base nació en la cocina de los padres de Wilson, donde ya se preparaban carne colorada de res, cuero y chorizo artesanal. Cuando abrió su propio local, el objetivo no fue cambiar la receta, sino mejorar la presentación y conservar la sazón aprendida en casa.

La experiencia empieza con una entrada andina compuesta por chochos, tostado, habas y mellocos. Luego llega el plato fuerte: carne colorada de res, chorizo elaborado en el restaurante, papa dorada con mapahuira, queso amasado de San Gabriel o Mira, mote cocinado en leña, aguacate y ensalada. El cierre mantiene el sello familiar con helado de paila.

La cocina no depende de fórmulas externas ni de una propuesta creada para turistas. Wilson insiste en que el sabor se mantiene porque el proceso sigue en manos de la familia. “Nosotros no tenemos chef. Mi esposa y yo somos los que preparamos todo”, afirma.

La bebida tradicional también ha acompañado la evolución del restaurante. En los primeros años, la chicha de jora era una de las preparaciones más recordadas, incluso en una versión más elaborada que se mezclaba con huevo. Con el tiempo, por costos y disponibilidad de insumos, la familia incorporó la chicha de arroz, que hoy se prepara especialmente los fines de semana y se mantiene como parte de la oferta tradicional.

UNA CASA PARA CELEBRAR EN FAMILIA

El Alpargate de los Tejares no se quedó únicamente como restaurante de comida típica. Con el paso de los años amplió sus servicios para celebrar bautizos, matrimonios, primeras comuniones, confirmaciones, graduaciones y reuniones familiares.

Esa adaptación no rompió la esencia del negocio. Al contrario, permitió que nuevas generaciones se acerquen a una experiencia que antes vivieron sus padres o abuelos. Clientes de Ibarra, Quito y otras ciudades llegan al local buscando un plato que no se replica en cualquier restaurante.

La música sigue siendo parte del ambiente. En fechas especiales como Día de la Madre y Día del Padre, el restaurante ha incorporado presentaciones artísticas y espectáculos en vivo. Por su escenario han pasado figuras de la música nacional como las Hermanas Mendoza Suasti, los Hermanos Miño Naranjo, Los Antares, Los Reales y Paulina Tamayo.

Para Wilson, sostener una marca durante tanto tiempo no se explica solo por la comida. La clave está en la constancia, la atención y el vínculo emocional con los clientes. “No estábamos esperando solamente ganar dinero, sino el gusto de atender, dar un buen servicio y cumplir con la gente”, dice, al resumir una filosofía que ha marcado el crecimiento del negocio.

Hoy, El Alpargate de los Tejares representa uno de los emprendimientos gastronómicos más antiguos y reconocidos de Ibarra. Su historia reúne más de 100 años de memoria familiar, una leyenda nacida en la Cruz Verde, un plato típico que conserva ingredientes andinos y una clientela que sigue volviendo porque allí no solo encuentra comida, sino una parte viva de la ciudad.


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